Eran lágrimas de cera con triste final,
deslizando como llamas hacia su portal,
un ejército enemigo deseaba ahogar,
todo aquello que anhelaba en el mas allá.
Y estrelló, por fin sus miedos contra aquel hangar,
las paredes de su alma doblegadas pidiendo piedad,
derramaba ensangrentado su última verdad,
siempre tuvo miedo de querer llorar.
Suplicó, a los jueces del abismo por su redención,
entonó, por su boca condenada el máximo perdón,
recibió, en sus manos temblorosas la última misión,
ver de nuevo a la asesina de su corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario